Un ruiseñor en Wilde

Escribe Antonio J. González.

En los años ’40 se consagró como principal exponente de los cantores en Buenos Aires. Había nacido en 1904 en Parque Patricios y se afinca luego con su familia en Wilde. José Lomio pasó a la historia popular del tango con el nombre de Angel Vargas, el “ruiseñor porteño”. Su vocación por el canto nace en edad temprana.

Participa en el coro de su colegio primario y ya adolescente comienza su carrera de cantor en presentaciones y cines barriales, hasta llegar al Club Wilde Sporting, que lo instala en la cartelera nacional como profesional del tango.

Pero eran años duros y conflictivos para las familias modestas de entonces. En 1930 -sin descuidar sus actuaciones profesionales- debe seguir trabajando de tornero en un frigorífico de la zona.

Angel Vargas se desempeña en este primer tramo de su carrera como cantor de orquestas, para luego iniciar su carrera como solista. Su primera orquesta fue la de Lando-Mattino, donde cantaba estribillos en el café Marzotto de la avenida Corrientes.

Trabajó también en LR2 Radio Argentina y en LS2 Radio Prieto. En 1931, a los 27 años, fue vocalista del cuarteto de Armando J. Consani, actuando en los bailes de clubes sociales de los barrios de Capital Federal, del Gran Buenos Aires y del país.
El poeta Héctor Negro lo describe: “… lo bautizaron ruiseñor al cantar / Y fue gorrión nomás, gorrión y nada menos…”

El pianista Ángel D’Agostino lo integraría a su conjunto. Su actuación con D’Agostino fue muy importante para el tango. Se los conocería más tarde como “Los dos ángeles del tango”. En el año 1935 se desvinculan y Vargas, se une a la orquesta típica de José Luis Padula, trabajando paralelamente en LR2 Radio Argentina.

De allí en más su carrera toma impulso y en 1946 debuta como solista. El “ruiseñor porteño” ya está en los mejores escenarios y presentaciones musicales. “Ya es “el Ángel” que se torna ruiseñor” –dice Susana Aguirre en su libro “Tango, pasión y vida”- y simplemente nos envuelve con el hechizo de una voz inconfundible…agradable, refinada. Angel Vargas supo seleccionar un repertorio excelente en calidad y nostalgia. Canta temas que conmueven, que enamoran, que no pueden olvidarse.”

En 1959 se somete a una intervención quirúrgica y fallece rodeado de “su barrio”, Wilde, cerca del club donde había debutado, como un mensaje de identidad. Pero el “Ruiseñor” wildense no se ha silenciado. Aún puede escucharse su voz en cualquier nostálgico barrio del sur del Gran Buenos Aires o del país, venciendo una y otra vez el cerco mediático que silencia las voces auténticas de nuestra historia cultural. El Ruiseñor –como el Ave Fénix- brilla aún entre los rescoldos.

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