Cualquiera que camine un poco por los barrios de la ciudad y también en la zona céntrica puede comprobarlo fácilmente. Pareciera que nos hemos acostumbrado a tener los residuos en las veredas, en las calles, frente a nuestras casas, comercios, talleres y fábricas como un paisaje natural y habitual. ¿Nuestra memoria y nuestra pulcritud es cosa del pasado? ¿Nadie toma la iniciativa para limpiar sus propias veredas?
Claro que hay excepciones, pero la visión que tenemos quienes caminamos los barrios y las avenidas céntricas, es que nos hemos habituado a arrojar cualquier cosa, no solamente los paquetes usados de los cigarrillos, los papeles y volantes callejeros, los envases de las bebidas, restos de comidas, bolsas de residuos, escombros y materiales en desuso, maderas, animales muertos, sino muchos más desechos de los humanos que vivimos en esta bendita ciudad.
No alcanza con los carteles municipales con expresas prohibiciones para arrojar basura en algunos puntos precisos, porque algunos vecinos los ignoran olímpicamente y siguen amontonados sus miserias, sus desechos y sus descartes, aún frente a sus propias casas.
Me sorprende que muchos habitantes van perdiendo la sabia costumbre de limpiar y barrer sus veredas, como vencidos por la insistencia de los descuidados de siempre.
Tampoco es suficiente el sistema de camiones municipales que se lleva los residuos domiciliarios, los restos de las podas de árboles, y alguna otra bolsa especial de las industrias y los comercios, porque su sistema no abarca más allá de esas tareas específicas. Aún si fuera ampliado el servicio de limpieza de calles y veredas, la sucia costumbre de tirar los restos de nuestro paso por esta vida como un una regla natural y permitida estaría entre nosotros.
Algo tenemos que hacer con este hábito que perturba la imagen de una ciudad que tiene bellos lugares, lindas calles y avenidas, y mejores edificaciones privadas.
En nuestro país existen ciudades donde los hábitos, costumbres y prácticas sociales con respecto a la basura callejera son ejemplares. Pero admitamos que la cultura que prevalece en el conurbano no acepta parangón. Su propia realidad e historia merece un análisis más complejo y multidisciplinario que esta crónica no encara. Pero hay que tomar el toro por las astas y no por la cola.
No se trata tampoco de afirmar que es consecuencia de una realidad o una administración actual. Forma parte de un proceso que no es solamente responsabilidad pública, sino personal, grupal y social.
Este cronista no cree en soluciones mágicas, ni en represiones policiales, pero sí en una firme y decidida actitud de cambiar este panorama. No nos gusta, no lo practicamos, no lo queremos para que se quede entre nosotros.
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