Los Casanova y las quintas de la Costa

Escribe Antonio J. González

Estas páginas son, digámoslo de una vez, nostálgicas, con los ojos en la nuca, como una “vuelta atrás” y también un testimonio necesario para comprender algunas cuestiones de nuestra vida actual. Es parte de la gimnasia para reconocernos y atar los nudos de nuestra pertenencia y queden firmemente aferrados a nuestros días. La vieja historia de las quintas y la costa del río que tenemos allí, casi al alcance de la mano, y que, sin embargo, no se puede disfrutar hoy con la intensidad y el placer con que en los años ’40 y ’50 solíamos hacerlo con nuestros padres, hermanos y tíos como un viaje de reconocimiento al paisaje natural, la aventura dominguera y el placer de la playa del Río de la Plata. Por eso, retomamos el diálogo que tuvo Luis Masseroni en 1978 con doña Josefina Navone de Casanova, nota publicada en el anuario de este diario. En el viaje de bodas que emprendiera en 1912 junto a su esposo, José Félix Casanova, en el “Príncipe de Saboya” desde Génova. “…no tuvieron que internarse demasiado para dar con la “tierra prometida” –dice Masseroni- Don José, experto agricultor y buen conocedor de la tierra fértil y onerosa, después de visitar la costa del Río de la Plata, por los pagos de Sarandí y Domínico, se dijo: ¡Esto es lo que necesito!… se dijeron: ¡Manos a la obra!”.

“…así empezaron a surgir, como de la galera mágica de un mago, vivienda, arboleda, viñedos, frutas, verduras… Por ese entonces la costa, a pesar que sus tierras eran trabajadas y bien aprovechadas, ya que su fruto no solamente abastecía a Avellaneda, sino a parte de la Capital Federal, el lugar, como medio de comunicación estaba a la buena de Dios. Si en la actualidad los caminos suelen ponerse feos con las lluvias o las crecientes, por aquel entonces, había que «peludear» en el barro, duro y parejo. El viejo “camino del albardón» ya no existía y para comunicarse con la Isla Maciel y la Boca del Riachuelo, lo tenían que hacer entre las quintas y por medio de canoas o lanchas”.

“Pero el camino «La vuelta de las cañas», (hoy José M. Estrada) –continúa Masseroni- los conectaba con Sarandí y era el camino «oficial» y único para ellos. Con una parada casi obligatoria, el «Almacén de Pipo», que estaba en la antigua casona de los Traverso. Cuando no, en canoas o en lanchas, entraban por la costa en el arroyo Santo Domingo y llegaban hasta la «Zanja Bomba», o sea: «Puente Chico», que ya lucía el nombre que en su nuevo bautismo le habían impuesto: «‘Villa Domínico»…”
Y el periodista le pide a Doña Josefina: “Prosiga un rato más hablándome de la Avellaneda que usted vivió en la década del diez.

-Bueno. .. Una ciudad de trabajo. ¡Mucho trabajo! Prueba de ello, era la gran cantidad de carros y chatas que transitaban por sus calles. Pero donde se formaban caravanas era al llegar a Pavón y Mitre. Usted veía las filas y filas esperando cruzar el puente, y como éste tenía un pequeño repecho, muchos necesitaban la ayuda del cuarteador que allí estaba para eso. Los carros que transportaban verduras de aquí, de la costa, a los mercados de Abasto y Spinetto, de la capital, no necesitaban cuarta porque las cargas por lo general eran livianas, pero a veces los que llevaban frutas, sí la requerían. Recuerdo que el puente era muy alto, cuadrado, todo de hierro y la plataforma central se elevaba igual que un ascensor, para dar paso a las embarcaciones…

-¿Así que de aquí, llevaban también mercadería a los mercados de Abasto y Spinetto?

-Mire, era tanta la aceptación y la confianza que tenían los «puesteros» de esos mercados por los productos de la costa, que los del Abasto, hasta bautizaron a la cuadra que hoy lleva el nombre de Carlos Gardel, como “Callejón de la Boca”.

Y la crónica que Luis Masseroni recoge de primera fuente continúa con idéntico aporte de la memoriosa Doña Josefina, sobre aquella época de crecimiento y prestigio de la zona de las quintas de nuestra ciudad. Ahora poco queda de aquella gloria. Las generaciones posteriores al ´50 no conocen la existencia del río, la costa ribereña, sus encantos, y mucho menos las quintas frutohortícolas y los viñedos que hicieron famoso el “vino de la costa”. Entonces convengamos que no es sólo ejercicio nostálgico… el de esta nota.
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