La grandeza se construye

Escribe Claudio Penso, especialista en impulsar procesos de cambio y crecimiento.

Vivió en el marco del esplendor de Atenas y sus problemas. Cuando era niño estaba siempre enfermo y toda su energía estaba puesta en vencer su forma balbuciente de expresarse. Ya más grande construyó una cámara subterránea, allí nadie podía oírlo.

 

¿Qué hacía el joven Demóstenes en ese lugar sombrío?

 

Practicaba sin cesar durante días enteros sin salir a la calle. Tenía el propósito de lograr una articulación clara y alta. Quería aprender a hablar, para expresar sus ideas.

 

Ese hombre que había nacido en el 384 a. C logró convertirse en un gran orador, el más grande de la historia. Siempre decía que una de sus claves era la pronunciación.

 

Con la mayoría de edad luchó para recuperar la herencia de su padre, arrebatada por sus tutores, pero no pudo hacerlo. Ese fracaso lo hizo ganarse la vida como logógrafo y abogado. Comenzó a participar activamente de la vida política a través de su oratoria. Luchó para convencer a los atenienses de la amenaza expansionista de los macedonios, de los peligros del rey Filipo, futuro padre de Alejandro Magno. Para ello escribió sus 4 Filípicas, en las que expuso sus argumentos y estrategia para liberar a la democracia de los peligros a los que estaba expuesta.

 

Perseguido por su pertinaz resistencia, Demóstenes fue condenado a muerte por contumacia y debió exiliarse en la isla de Calauria, refugiándose en el templo de Poseidón. Un escuadrón fue enviado para capturarlo. El oficial al mando logró ubicarlo y le ordenó que se rindiese. Demóstenes simuló redactar una carta de despedida y al llevarse la pluma a la boca, aspiró el veneno que en ella estaba oculto, muriendo por sus propios medios. Fue sepultado en esa isla y cuarenta años más tarde en Atenas. En su epitafio puede leerse: “Si tu fuerza, Demóstenes, hubiera sido igual a tu genio, Grecia no habría jamás debido inclinarse ante sus vencedores”.

 

Un niño tartamudo se construyó como orador, el más grande de la historia. No lo hizo por su capacidad de resistir la debilidad sino por persistir en la incorporación de habilidades que no tenía. Lo logró con un propósito claro y con una dosis de práctica impresionante. Esa persistencia fue el título de su condena. Murió con la misma grandeza con la escribió sus célebres discursos para defender a los griegos de la conquista. Por eso, todo hombre tiene ante sí una extraordinaria oportunidad, no importa su condición vulnerable sino su capacidad para reinventarse.

 
Claudio Penso
Especialista en impulsar procesos de cambio y crecimiento
claudio@claudiopenso.com

noticias relacionadas