La depresión blanca

Escribe Claudio Penso.

Las cosas fueron muy duras para ella. Naufragó luego de varios años de trabajos intrascendentes en su país. Allí el desempleo era escandaloso y muchos emigraron. Los períodos de inactividad le habían quitado las ganas y la transformaron en una mujer indiferente, casi sin esperanza. Al llegar a Noruega le pareció vital. Consiguió empleo y pudo compartir un pequeño apartamento durante los primeros meses. Cuando llegó el otoño y los días se acortaron hasta casi desaparecer, volvió a sentir esa antigua sensación de angustia en el estómago. Lloraba sin motivo y tenía insomnio. Oyó a alguien hablar de la depresión del invierno. El día que conoció a sus vecinos le explicaron que seguiría llorando, era la respuesta del cerebro a la disminución de la exposición a la luz natural. Le prestaron una lámpara para que se aplicara rayos UV. Luego conoció a otros que lo hacían. El tercer invierno, decidió regresar a su país. El riesgo de no encontrar empleo era cierto, sin embargo se juró que miraría el sol cada vez que tuviera pensamientos oscuros.

 


Claudio Penso
Graduado en periodismo. Se especializó en impulsar procesos de cambio y crecimiento en empresas con potencial que vean el crecimiento como desafío.
Autor del libro Historias con semillas.

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