Avellaneda: Boleto escolar en 1938

Escribe Antonio J. González.

Circulaban los tranvías y unas pocas líneas de colectivos locales. Entre éstas estaba la Compañía de Ómnibus de Avellaneda, línea A. Los coches circulaban cada cinco minutos en la hora de entrada y salidas de los obreros y luego cada siete minutos, teniendo su recorrido por las siguientes calles: De Avellaneda, frente al frigorífico La Negra por Pavón, Avenida Mitre, Mariano Acosta, Belgrano, Arenales, San Martín, Obligado, Dorrego, Ortiz, Brandsen, Anatole France, Luis María Campos, Acha, Brandsen, Villa de Luján, Rivadavia, Centenario Uruguayo, Belgrano, Cadorna, Mitre, Lartigau , Giles. Tandil, Ramón Franco, volviendo por Lartigau al mismo recorrido anterior.

Esta empresa fue una de las precursoras del «boleto escolar» que en el orden provincial recién tuvo aplicación legal a partir de la Ley 10695 del 3 de noviembre de 1988. Pero en la Avellaneda de la década del ’30 se imponían nuevas reglas y conductas, especialmente hacia los niños escolares que debían viajar todos los días a sus establecimientos. Por ejemplo, los colectivos esperaban en la puerta de algunas fábricas a la salida de los trabajadores.

Por eso, según informa el periódico El Orden del 23 de agosto de 1941, «Hace aproximadamente tres años la administración de la Compañía de Omnibus de Avellaneda, línea «A», resolvió en una reunión, efectuar una rebaja en los boletos que se expendieran a los colegiales. Es así que se llevó a la práctica, primeramente trasladando a los niños gratuitamente, pero sucedió lo inevitable; hubo demasiado abuso y entonces se decidió cobrarles 5 centavos por cada viaje que hicieran. Desde entonces hasta la fecha se viene cobrando el boleto el mismo precio».

Era un hecho inusual en esa época, pero los empresarios y su personal tuvieron la visión de detectar la necesidad de ayudar a esos niños a viajar a sus escuelas que, en esos años, no eran suficientes en los barrios, y requerían de las familias –en su mayoría obreros y empleados- un gasto importante y un problema para la continuidad de los estudios infantiles.

En la línea del progreso y la prestación óptima del servicio, esa empresa, según el citado periódico, entregaba uniformes a sus trabajadores: «Para la primera quincena de septiembre el personal de esta empresa será uniformado con trajes gris oscuro y gorra del mismo color; también para esa fecha incorporarán a la línea un coche pullman y a medida que se vayan retirando los coches viejos serán reemplazados por otros de líneas modernas y con el confort que el progreso de Avellaneda lo exige».
Y señala la nota periodística: «Estos y otros adelantos que tendrá en breve la compañía, se deben a la laboriosidad y empeño que pone su Administrador, señor Juan Teodoro Cerrudo, persona extensamente vinculada a los círculos sociales y políticos y que desde hace un tiempo los empleados y obreros no ven en él a un jefe, sino a un amigo».

Y aquí se introduce un toque personal de este cronista, porque esa persona se convirtió en mi suegro a partir de los años ’50. Una persona muy afable, de buenos modales y vestir elegante que conservaba su prosapia familiar de raíces en Barracas al Sud y la Avellaneda de Barceló. Actuó en varias entidades sociales, fue directivo y entusiasta trabajador del Club Mitre de su barrio: Quinta Galli, además integró la comisión pro monumento a la madre que logró colocar en un espacio público la escultura alusiva de Julio C. Vergotini, ahora ubicada en el Parque de Domínico.

La vida te da sorpresas, pero hoy son agradables para el autor de esta nota.

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