Atilio Lavarello, médico de barrio

Escribe Antonio J. González.

Su consultorio de la avenida Belgrano al 2600, era una especie de hall para la atención de los amigos, los vecinos de Sarandí. Para nada se parecía a las salas de espera de los tradicionales consultorios con su carga de ansiedad, dolor y temor.

Mi mamá me llevaba en la década del ’40 como quien lleva a visitar al “tío” médico, sanador no solamente de cuerpos sino de almas. El Dr. Atilio L. Lavarello nos aguardaba con su semblante afable detrás del escritorio y nos saludaba con la campechana modestia de quienes compartimos un mismo barrio, unos lazos de pertenencia que son casi familiares, afectivos. Recuerdo que nos impresionaba, para aquella época, que pusiera a funcionar, a veces, el aparato de rayos X, para ver más allá de la piel de nuestros cuerpos.

Con mis escasos años, no más de diez, todo eso era ya casi mágico, respetable, pero que Lavarello lo hacía familiar, con una cariñosa palmada sobre los hombros o una mano impartiendo confianza sobre nuestra cabecita. El trato era como el de un pariente cercano, de vecino a vecino, que siempre estaba a minutos en nuestra casa ante una emergencia de salud.

Llevó con éxito el tratamiento riguroso durante mis estados febriles, o mis escasas afecciones severas, como la que me derrumbó en el antiguo cine Planet, mientras veía – a través de la extraña visión de una infección- las aventuras de Johnny Weissmuller y el corpulento Tarzán en su lucha con los leones y sus andanzas sentimentales con Jane. Allí Lavarello aplicó su receta preferida, un control profesional estricto, viniendo a verme a mi casa a cualquier hora sin honorarios extras ni pedidos previos. Sólo por rigor y celo, pero también por ese vínculo más allá de la medicina que sólo disponían muchos médicos de barrio con sus pacientes, los amigos vecinos.

Eran los años cuando los médicos tenían todo el tiempo para escuchar al paciente…pero era consciente de no exponer a sus pacientes a las radiografías de manera sistemática porque “cada radiografía es una cantidad de rayos nociva para el cuerpo”. Hay una gran diferencia entre la medicina actual y aquella. Para Lavarello, como para muchos médicos de barrio, el centro de la atención era el paciente. En la actualidad están las empresas de salud o los altos honorarios de las consultas. “Nosotros no vivíamos en otro barrio –podría decir- nos quedábamos acá y la gente podía tocarnos el timbre a cualquier hora”.

“Durante las noches de lluvia –recuerda Pascual Romano- de intenso frío, y en horas realmente inapropiadas, salía con su boina, bufanda y calzando botas a visitar a sus enfermos…”. Sin embargo nadie le pedía al Dr. Lavarello que sea un santo o un ícono de devoción. El trato era más como de un tío que sabe curar a los amigos.
Lo sentimos mucho en mi casa, con mis padres, cuando conocimos la noticia de su muerte, vencido por vaya a saberse qué afección contra la que él seguramente había luchado muchas veces. Pero, la guerra es la guerra… y algunas veces perdemos.

Todavía hoy cuando corremos por la Avenida Belgrano y advertimos el frente de lo que fue aquel consultorio y aquellas sesiones de terapia afectiva, vuelven estas imágenes y sensaciones que hoy quiero compartir con los lectores. Seguramente muchos de ustedes tendrán en el recuerdo a otro médico de barrio de conductas similares a las que contamos.

Es justo, entonces, que una calle de Sarandí lo recuerde. Hay muchos injustos homenajes en la nomenclatura ciudadana para dejar en el silencio este a un serio representante de la medicina holística, en los años que no se conocía esa calificación.

ajgpaloma@gmail.com

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