Apuntes de la visita de García Márquez

Escribe: Antonio J. González.

Dos tapas de Primera Plana, un concurso en que fue jurado junto a Roa Bastos y Marechal, y un extraordinario reportaje de Ernesto Schoo, fueron el marco del hoy mítico acontecimiento de la visita de Garcia Márquez a la Argentina, que debe no poco a la intuición de aquel gran periodista que fue Tomás Eloy Martínez.

 

Cóctel en el Hotel Plaza. La excusa, entregar el premio del mentado concurso, pero la verdad es que todos quieren una palabra de la nueva celebridad. Acosado por los cronistas, García Márquez desilusiona a todos por igual con la misma explicación: no da entrevistas.

 

Entre aquellos está Antonio Requeni, de La Prensa. No se resigna. Espera a que la ingesta de bebidas y bocadillos apacigüe los ímpetus para buscar otra oportunidad. La reunión desmaya, y el fin se ve cercano; los escribas experimentan la melancolía de cada uno de esos convites.

 

Ralea la concurrencia, lo que le permite vislumbrar (¡charlando con el invitado!) a Beatriz Guido, que para el mundo es escritora profesional, pero que, en realidad se desempeña como ángel tutelar de su “Babsy” y, según aseguran quienes la conocieron, de cualquier amigo en trance de afán. Antonio Requeni es uno de ellos y busca un aparte.

–Betty, por favor, conseguime unos minutitos con García Márquez…

–Pero, vos viste, no quiere hablar con nadie, Antonio.

–Decile que es para La Prensa, que es un diario importante, el más viejo de Buenos Aires. Dale… Beatriz despliega sus alas y susurra quién sabe qué conjuro al ilustre y esquivo visitante, que accede a conceder tres minutos, no más.

 

¿Qué preguntarle a ese hombre retacón, morocho, que le recuerda al por aquel entonces célebre Juan Valdés, símbolo del café de Colombia? La premura y la poca paciencia no son, por cierto, las mejores condiciones para sacarle el jugo a una exclusiva. Pero no hay que dejar pasar la ocasión.

–¿Cómo definiría su estilo? –es la primera pregunta que Requeni hace. Seco, cortante, el novelista contesta:

–Un realismo disparatado.

–¿Reconoce algún antecedente?

–Hasta hace poco reconocía antecedentes, pero después de analizarlo mucho, comprendí que eran los críticos quienes me habían hecho creer en esas influencias. Hoy, los únicos antecedentes que reconozco son los cuentos que me contaba mi abuela.

(…) Le pregunta entonces si la transformación operada en la narrativa especialmente en América Latina, tiende únicamente a renovar aspectos formales o pretende además reflejar una nueva visión de la realidad.

–Los novelistas como Cortázar, Carpentier, Guimaraes Rosa, Vargas Llosa y yo mismo –contesta– nos estamos dando cuenta de la verdadera realidad latinoamericana y para poder expresarla tenemos que experimentar nuevas formas, formas que tiendan a reflejar más certeramente esa realidad. Creo que escribir novelas es contar las cosas que le pasan a la gente. Antes se le daba importancia al paisaje, ahora queremos profundizar esos caracteres y en eso va incluido todo (el paisaje, las psicologías individuales, la situación política y social).

 

Usted ve que ya no se hacen panfletos, ahora se escriben novelas.

–¿Eso quiere decir que la novela es sucedáneo del libelo?

–No –responde rápidamente–, la novela no es un sucedáneo, pero lo incluye. Una novela auténtica, en estos momentos, necesariamente debe constituir un testimonio social y hasta político, pero implícitamente, a través del hombre, no como se hacía antes. (…)

 

–¿Cree que puede alcanzar trascendencia una novela que se escriba hoy en América con una estructura y una expresión tradicionales, de espaldas a la experimentación de la novelística actual?

–Yo no niego nada de la novelística anterior. Los defectos de que podía adolecer no eran el tratamiento, los procedimientos estilísticos, que no eran malos. Lo que ocurre es que antes había una forma distinta de ver las cosas.

El entrevistador advierte que el embrujo de Beatriz se disipa. En cualquier momento García Márquez lo dejará plantado o lo que es peor- alguno se avivará y… ¡adiós primicia! Pregunta lo primero que se le viene a la cabeza.

–¿Qué consejo le daría a un joven escritor latinoamericano con vocación de novelista?

La pregunta es inocente, y también un lugar común. Pero esos tiempos también eran de inocencia, una inocencia tan grande como para llamar “dictablanda” a la tiranía de turno. El país vivía por inercia de las glorias del pasado, e ignorábamos que el golpe de 1966 marcaba la cuenta regresiva que nos llevaría a la destrucción y el horror.

 

–Que escriba mucho. El principal problema de los escritores latinoamericanos es que, en general, son escritores de domingo. No se dedican de lleno a la creación.

 

–De acuerdo; pero tenga en cuenta que muchos escritores, aun importantes, deben trabajar en otra cosa para vivir, para sostener a una familia, dar de comer a sus hijos…

 

El periodista se siente tocado. Él a su vez es escritor, pero es para parar la olla que está frente al comienzo de la leyenda. Aunque las amarillentas páginas de La prensa nos desmienten, el escritor le espeta, de manera brutal.

¡Pues que los hijos se mueran de hambre!

 

 

Antonio J. González

ajgpaloma@gmail.com

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