Mezzadra, pintor y vecino solidario

Escribe Antonio J. González

Existen infinitas maneras de captar una realidad objetiva. Cada una de nuestras lentes nos da una imagen única de la misma realidad, irrepetible, personal, la que lleva los rasgos de identidad de quien la observa. El artista plástico recrea esa imagen única, le otorga categoría artística, la libera, en fin, de su prisión en nuestra percepción, en nuestros sentimientos, en nuestra sensibilidad. Luis Mezzadra era poseedor de un prisma fresco, transparente, directo, para devolvernos las formas y los colores de las cosas, las personas y los paisajes. Un dominio rápido de la técnica y la captación de esas formas y colores -aprendizaje académico sumado a su oficio publicitario-le permitía descubrir, sin mayores dificultades, los golpes de luz, el viboreo de las sombras rodeando a los objetos y las figuras de sus cuadros.

Sus vecinos, caminantes por la vereda de la calle Salta en Sarandí, podían escrudiñar detrás de una gran ventana si el pintor estaba allí trabajando. Era admirado y respetado en el barrio, querido y valorado en las entidades, clubes, asociaciones, grupos e instituciones a quienes él siempre encontraba motivo para obsequiar alguna de sus obras y sumarse a la búsqueda de recursos para esas entidades.

Para encarar sus pinturas optaba por temas de la vida cotidiana. Los rostros, los cuerpos, las miradas, los llantos, la humildad y la sencillez muchas veces daban testimonio de seres descubiertos en un instante original de sus vidas. La serie de chicos de la calle, del barrio o de nuestra cercana cotidianeidad, eran impactos emocionales para el espectador, fulminantes cañonazos a la sensibilidad del observador, y ello ponía al descubierto el arte de elaborar, sólo con pincel y materia, imágenes de tal cargamento emotivo. De igual manera, sus escenas del campo, sus paisanos, los motivos de nuestra historia gaucha, están impregnados de esa condición de revelador inquietante y preciso, sin distorsiones que dificulten la apropiación de su obra.

Había nacido en Dock Sud, practicó el deporte –el boxeo aficionado más precisamente- y en esos encuentros conoció al músico José Rodríguez Fauré. “Un día me diste una paliza sobre el ring, en un club de Sarandí, y te corrieron una barra de muchachos amigos míos y vos escapaste por los potreros del fondo…” recordaría más tarde alegremente Luis en su reencuentro con el director de orquesta y compositor.

Mezzadra, afable, generoso, sencillo, maestro de jóvenes que se acercaron a su oficio y a su arte, es el complemento de su obra artística, al ser ésta la prolongación sanguínea y sensible del hombre. En este caso, obra y hombre son sólo faces de una misma realidad. “El sentimiento y vigor de su pintura -decía Gioconda de Zábatta- iban más allá de su arte, ya que proyectó su intensa laboriosidad y pródiga concepción pictórica en la entrega constante de su obra con carácter benéfico, a los fines de mitigar el sufrimiento del semejante”. Este rasgo solidario estaba cargado de sentimiento.

En mayo de 1980 se realiza un amplio acto de homenaje al pintor de Sarandí en el salón “Bottaro” del Club A. Independiente, al que asisten delegaciones de las entidades, escuelas, asociaciones de arte y organismos oficiales que colmaron las instalaciones. Fue un digno reconocimiento al artista y al hombre, al pintor y al ciudadano, y saludaron con sus pañuelos en alto a Don Luis.

Hoy aquella mítica ventana de la esquina de Salta y Cordero, en Sarandí, se encuentra cerrada. Tal vez se clausuró como signo de duelo, de recogimiento, por “Luisito”, este hijo de Dock Sud, que fuera discípulo del profesor Elías Amethov, Pio Collivadino, Antonio Alice y otros maestros artísticos en la Academia Nacional de Bellas Artes. El mismo que ocupó el cargo de Director de «Eureka Publicidad» y el que tuvo el honor de que sus obras se expongan en galerías y pinacotecas de Brasil, Uruguay, Estados Unidos, México y Venezuela. El autor de las obras,

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