Inés Rubini y la mejor receta para ser feliz

Reconocida docente y ecónoma de Avellaneda.

Quién no escuchó alguna vez ese chiste machista que dice que para darle libertad a una mujer hay que ampliarle la cocina. Si llegara a sus oídos, lejos de ofenderse, Inés Rubini se reiría con ganas, porque una de las condiciones excluyentes que le puso a su marido cuando éste inició la construcción de su casa fue precisamente esa: debía tener una cocina muy amplia.

Abel respetó los deseos de Inés y el matrimonio hizo de su hogar un lugar cómodo y confortable, en el corazón de Avellaneda, otra de las cuestiones que tampoco parecía ser negociable.

«Esta casa que ves acá (Mariano Acosta al 200), se hizo con mucho amor y con mucho sacrificio. Mi marido no era de esta zona, pero yo nací acá a dos cuadras y todo mi circuito de estudios, de afectos, de comercios, siempre estuvo acá. Aquí siempre me sentí en el mejor de los mundos», cuenta con una sonrisa Inés Rubini, una avellanedense de ley.

Rubini recordó que, antes de instalarse en su actual domicilio, vivieron en Barracas, en la Avenida Martín García, y un día le había dicho a su esposo: «Yo acepto cualquier cosa. La casa que vos quisieras hacer donde vos naciste (Libertador y Callao) sería imposible, así que tenés que caer en Avellaneda».

«En esa época, había muchos terrenos disponibles en el barrio. Y si bien este lugar no tenía mucho fondo, tenía un frente importante y era justo para mi esposo (por entonces fabricaba cargadores de baterías), porque también le permitía concretar su locura del taller».

Años más tarde, la cocina de Inés sería el lugar de encuentro de «un grupo maravilloso» de amigas/ alumnas, a quienes Rubini les enseña los más variados y deliciosos secretos del arte culinario.

Pero el ingreso en el mundo de la gastronomía vendría luego de su principal vocación, a la que dedicó casi 40 años de servicio. Es que desde la primaria, cuando iba al Instituto María Auxiliadora, ya le gustaba el magisterio y sabía que quería ser maestra.

«Cuando llegué al Normal (ENSPA) fue la alegría de vivir, porque me encontré con amigos del barrio y con gente de acción católica», señaló Rubini, quien, cuando se recibió, comenzó a hacer suplencias que le permitieron foguearse como maestra de primaria.

Al cabo de un año, consiguió un cargo en el ENSPA como preceptora, al tiempo que continuaba con sus suplencias por la tarde. De aquella época Inés mencionó que «fue muy linda la vida en la escuela normal. Siempre digo que fue el tercer hijo que no tuve. Porque le dediqué mucho, pero al mismo tiempo me brindó mucho a mí».

Señorita maestra
Eran otros tiempos, en los que la escuela era una segunda casa y la maestra, nuestra segunda madre. En ese contexto, Inés Rubini no era una excepción. «En mi época había disciplina y conducta», destacó la maestra, que se ponía el traje de brava, pero tenía un corazón enorme para sus blancas palomitas. Los padres que no la conocían la miraban con recelo, pero ella les demostraba que con rigor –pero sobre todo con amor- todo era posible. «Yo les decía: Estas son mis almas. Me las dejan cinco horas, pero el resto lo tienen que hacer ustedes».

Rubini comentó que los grados tenían cerca de 50 alumnos, y que al finalizar los recreos los chicos (de primer grado) deambulaban por los largos pasillos de la escuela y llegaban al aula con la lengua afuera. Bastaba con que «la Seño» Inés contara hasta tres para que los todos estuvieran sentados en sus bancos y en silencio.

Aún hoy, quienes alguna vez la tuvieron como maestra la saludan en el barrio y le agradecen sus enseñanzas y su cuidado, y ella se emociona cuando oye esa palabra casi mágica («Señorita») que tanto la «ennoblece». «Ese reconocimiento es para mí el mejor dinero del mundo», afirmó.

En 1994, la docencia cedió su lugar a otra actividad que para Inés Rubini era, hasta el momento, una asignatura pendiente.

«Empecé a hacer cursos de cocina en Ecónomas y Gastrónomas, en Belgrano. Dejaba a los chicos (Diego y Marina) en casa, con la atenta vigilancia de mi mamá, y me tomaba el colectivo 60. ¡En el viaje me hacía cada siesta! (Risas)
Allí adquirió profundos conocimientos en repostería. Y de ahí en más hizo cursos con Otilia Kusmin y Dolli Irigoyen, entre otras.

«Hice buffet, repostería, cocina… Y al tiempo me largué sola a la arena del circo, cuando empecé a trabajar como profesora de cocina en la Liga de Madres de Familia», añadió la entrevistada.

Más tarde, ya con los conocimientos y la experiencia necesaria –además de su vocación docente y su amplia cocina- comenzó a dar clases en su casa, brindando cursos que continúa en la actualidad.

Sin dudas, la pasión por la cocina ya había surgido en la infancia, viendo cocinar a su padre, un «tano loco por las pastas» que había llegado desde Italia, huyendo de la primera guerra mundial. Aquella inspiración la llevó, muchos años después, a recrear junto a su hermana Stella Maris, unos famosos bocaditos que en la familia denominaban «cosidolce o canaritoles».

Inés contó que alguna vez su hermana le escuchó decir al mismísimo Dr. René Favaloro que añoraba ese postre de la abuela y sin dudarlo le hizo llegar en más de una oportunidad canastas repletas de «cosidolce», que el eminente cardiólogo agradeció mediante emotivas cartas. Esa misma receta, la presentaron las hermanas en un Congreso sobre inmigrantes, en Valentín Alsina, y para Rubini, fue una experiencia inolvidable.

Aunque la ecónoma hizo infinidad de tortas y «cosas dulces», el paladar de Inés prefiere maridar con lo salado. «Me gustan las mesas de quesos; la comida buffet; las carnes que puedo aromatizar con las hierbas frescas de mi propio jardín…»
Esta abuela todo terreno -disfruta mucho de su nieta Agustina de 3 años, hija de Diego, y pronto hará lo propio con Ema, dado que Marina está por dar a luz- no se queda quieta un instante y, por si fuera poco, desde hace ocho años integra un coro y la Comisión de Cultura en el Club Pueblo Unido. «Con el coro realizamos conciertos en distintas instituciones de una red coral y ensayamos todos los lunes, tres horas», resaltó orgullosa Inés, al tiempo que agregó que la comisión organiza todos los meses un café literario, invitando a alguien para que los «desasne y los recree un poco».

Mientras tanto, Inés también se hace un lugar para colaborar en tareas «que le llenan el alma». Ya que desde hace unos cinco años forma parte de la Comisión Directiva de la Asociación Cooperadora del Hospital Fiorito, como secretaria de actas. «Porque hay mucho por hacer y la cooperadora se está manejando muy bien», destacó.

No obstante, el 2011 fue «un año sabático» porque Inés se operó de una rodilla (le colocaron una prótesis para contrarrestar un artrosis que la aquejaba desde hacía rato). Así que mientras no pudo dar clases, aprovechó el tiempo para realizar -junto a su grupo de amigas- un taller de la memoria. «Después de las tareas, venía el infaltable cafecito, la charla y la catarsis. Este año ya me están presionando para que arranque con las clases de cocina, algo que tengo programado para el próximo mes de abril», apuntó, sonriente.

Con sus jóvenes 74 años, Inés Rubini demuestra que uniendo algunos ingredientes básicos como el trabajo, el sacrificio, la energía, las ganas y la pasión por lo que a uno le gusta, se puede conseguir la mejor receta para ser feliz.

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