El bulín

Judith Gómez Bas, en su sección «Aquellas cosas» nos describe los distintos tipos de bulines que existían en la Buenos Aires de ayer. Y como ella dice «Todo esto es cosa del pasado, sin sentido actual. El bulín seguirá inspirando a poetas lunfardos, cada cual lo ubicará donde más le apetece.»

«En el mistongo bulín
con las paredes de chapa
cayó el gavión y a la ñata
ahí nomás la sacudió…»

El bulín era el refugio, el calor, la contención del muchacho de arrabal. Podía ser “mishio”, carente de toda comodidad, entonces ese cuartucho en la parte final del conventillo, se convertía en un “bulín mistongo”.

Claro que, en medio de la mishiadura, no faltaban el espejo, el peine, la catrera, triste cuando la percanta se tomaba el olivo, el Primus, el agua para el mate, la viola colgada de un clavo y un cajón como mesa de luz, con una vela a medio derretir. En invierno funcionaba un brasero, donde fugaces salamandras envolvían la noche. Por supuesto, no faltaba el almanaque, con la sonrisa del Morocho, para mirar como pasa la vida.

Casi siempre el inquilino del inmueble era un cafiolo, que se la pasaba atorrando todo el día o estudiando la fija, para decidir a las patas de qué pingo, apostaría los míseros patacones, producto de un pechazo a su “santa viejita” o a la naifa de turno.

El cotorro también era un bulín, pero dentro de una atmósfera menos alicaída. Podía tener un loro, repitiendo como un sonsonete, una sarta de malas palabras. Cortinas en la ventana para protegerse de miradas indiscretas. Algún pegote de revista picaresca, insinuando un desnudo. Un par de sillas desvencijadas, una vitrola con un tango de Villoldo, para practicar con los muchachos de la barra, la botella de caña, para entonar el garguero y el bacán a la gomina con berretín de cantor.

La garçonniere, era un bulín del centro a todo lujo y confort. Adentro había te con masitas, marrón glacé y champagne bien frappé. La mina que lo disfruta puede llamarse Margó o tal vez Mimí. El bacán que la acamala, la pasea por Florida en lujosa voiturette. Viste ropa de “Paquín” y usa melena a lo garçón. Es la otrora mantenida, aquella que abandonó la casita de los viejos.

También estaba de moda la pieza de soltero. Algunas familias, venidas a menos por causa de la crisis, alquilaban una habitación amueblada, pero no para vivir, si no que la ocupaban para momentos de solaz esparcimiento.

Todo esto es cosa del pasado, sin sentido actual. El bulín seguirá inspirando a poetas lunfardos, cada cual lo ubicará donde más le apetece. Puede ser en la calle Ayacucho, en el barrio Caferata o un romántico Cuartito Azul. En cada uno habrá una pareja que se ama o se odia. Retazos de vida que el tiempo no podrá cambiar.

«Pero en la noche al bulín
apareció una percanta.
Y yo que soy medio chanta
la trabajé de impresión»

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