Acerca de las personas que cuidan enfermos graves o incurables

No hay descanso para quien ha asumido la responsabilidad de cuidar a una persona enferma en estado grave o crónico, no hay fin de semana ni feriados por más que existan momentos en los cuales otras personas colaboren en esta absorbente tarea, con lo cual para poder atender bien, es necesario estar bien.

La actividad está siempre presente en el pensamiento de la persona que cuida al enfermo, y puede llegar a convertirse en una obsesión. Si bien el principal problema afecta a la persona enferma, también quienes se encargan de su cuidado padecen las consecuencias de una enfermedad grave o incurable. Es una situación que sobreviene y a la que hay que enfrentar, y con el tiempo, las relaciones hogareñas, sociales, el tiempo libre, y la vida personal de quien atiende al enfermo, girarán en torno a las necesidades que plantea ese familiar, amigo o conocido que se han convertido en el eje de su rutina, y con esto, la persona que asiste, por mucha voluntad y dedicación que tenga al enfermo, puede terminar sintiéndose asfixiado y atrapado por sentimientos difícilmente controlables, por ejemplo sentirse frustrado por creer que es un esfuerzo aparentemente en vano ya que el enfermo no mejora o incluso su salud se deteriora. Sentir que se recorre un camino sin retorno sumado a que muchas veces el enfermo se siente desesperanzado, hacen que la situación se llene de dificultades, agregando a esto el cansancio físico que deriva de la multiplicidad de roles que ejerce la persona que cuida al enfermo, ya que además tiene las tareas de su vida cotidiana.
Cuando la situación se prolonga por mucho tiempo, puede llevar a desajustes y tensiones familiares, la situación para la persona que cuida al enfermo pasa a ser muy estresante, y en esta etapa sería conveniente no dejarse llevar por las emociones que produce el contacto permanente con el enfermo, así como no caer en una total dedicación física y mental, fundamentalmente para prevenir que la persona que cuida al enfermo no caiga en enfermedades o depresiones, y que mantenga sus fuerzas en equilibrio.
El sentido común nos dice que no podemos con todo, sea cual sea nuestro carácter o el esfuerzo o las horas que vayamos a invertir. Es un inconveniente creernos imprescindibles y pensar que si no hacemos todo va a sobrevenir un gran desastre, porque creyendo que sólo nosotros podemos sin colaboración de otras personas incluso del enfermo, esta dedicación exclusiva y absorbente solo nos va a llevar a sentirnos más agotados y frustrados. Tampoco podemos impedir que haya momentos en los que el enfermo sufra o en los que incluso se vuelva tirano con su entorno.
En situaciones de enfermedad extrema, es común sentir el miedo a la muerte, porque el enfermo nos recuerda cada minuto que la vida tiene un fin y que es inevitable, con lo cual la cuestión sería lograr convivir con este miedo para hacer soportable ese malestar que genera tensión y rigidez al momento de pasar nuestros días con enfermos crónicos o graves. Instalarse en la negatividad y en la desesperanza cuando se cuida a diario a uno de estos enfermos es casi natural, lo apropiado sería poder mirar con serenidad esa etapa teniendo en cuenta todo el entorno, la persona que cuida al enfermo, la familia y la persona que esta enferma. Para que las fuerzas resulten eficaces y pueda atender satisfactoriamente al enfermo, es necesario que el ánimo de la persona que lo cuida logre un equilibrio físico y psíquico, ya que de él y de su serenidad al momento de tomar decisiones en las diferentes situaciones que se vayan planteando en la relación con el enfermo, favorecerá a que se sienta en paz consigo mismo respecto a la responsabilidad que asumió, que es que esa convivencia posea un clima de comunicación. La dedicación al cuidado de una persona enferma, también tiene la necesidad de la responsabilidad de toda la familia, si esto puede darse, seguramente se harán más fuertes los lazos de solidaridad.
Por último, y sobre todo, el cuidador no tendría que perderse de vista de sí mismo, es decir, ayudarse a sí mismo, encontrando por más pocos que sean, algunos momentos para su propia intimidad y para la convivencia familiar o social, y no descuidarse en la alimentación ni el descanso, ya que si puede estar relativamente bien, podrá transmitir alegría y serenidad al enfermo sin destruirse.

* Licenciada en Psicología
MN 34156
Consultas al 4205-0549 155-143-6241

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