Reflexiones de Monseñor Rubén Frassia

El Obispo de la Diócesis de Avellaneda – Lanús, en sus reflexiones radiales semanales, se refirió al Evangelio según San Marcos 10, 12,28b-34 (ciclo B): Dios y el prójimo.

Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Cuál es el primero de los mandamientos?”. Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos». El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios». Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Dios y el prójimo
Esta es una oración antigua de Israel que se repite tres veces al día, son los dos mandamientos: el amor a Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu, con toda la fuerza; y el otro que es amar a los demás, a nuestros hermanos, al prójimo como a uno mismo. Dos mandamientos y un solo amor, y los dos son esenciales.

Para que nadie tenga dudas, la esencialidad está en el espíritu, en la vida; como que también lo expresa, misteriosamente, Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre. Él viene a ser la síntesis del misterio, de lo divino y de lo humano.

Resulta que muchas veces interpretamos mal, escuchamos mal, distorsionamos el valor y el sentido de las cosas. Muchas veces queremos borrar a Dios de nuestros proyectos, de nuestras leyes, de nuestra vida, de nuestra sociedad, como si Dios estuviera demás. Y así exacerbamos el segundo mandamiento, amando al prójimo como a uno mismo, sirviendo, aportando a la justicia, quitando el hambre de los pobres, trabajando por los demás ¡está perfecto! Pero una cosa no quita la otra.

En la vida hay que hacer síntesis y yo diría mucho más: la fuerza de Dios potencia el amor al hermano; el acercamiento a Dios enriquece el servicio ante nuestros hermanos. Pero el alejamiento de Dios empobrece, entristece y opaca la relación interpersonal entre los hermanos.

Si hay alguien que es el sujeto, en este caso seríamos nosotros, que nos dice “ama al prójimo como a ti mismo”, les puedo asegurar que muchas veces nosotros no nos sabemos amar, y como no sabemos amar en serio no sabemos amar a los demás.

Síntesis, plenitud, madurez. A Dios hay que dejarlo ser Dios en nuestra vida y que Dios nos siga iluminando para descubrir y reconocer en el otro a nuestro prójimo. Y saber que si nos alejamos de Dios perdemos el equilibrio; si perdemos el equilibrio nos vamos a perder y también en contra de los demás. Dios quiera que aprendamos en serio estos dos mandamientos apoyados en un único amor: Dios y el prójimo.

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