Reflexiones de Monseñor Rubén Frassia

El Obispo de la Diócesis de Avellaneda – Lanús, en sus reflexiones radiales semanales, se refirió al Evangelio según San Mateo 16,13-19 (ciclo A): «Una pregunta que espera respuesta».

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?». Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas». «Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?». Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».

Una pregunta que espera respuesta
La Iglesia, en la Liturgia, ha querido unir la fiesta extraordinaria de estos dos Apóstoles, Pedro y Pablo, ambos creyendo en Cristo Jesús, ambos siendo elegidos por el Señor, ambos han dado la vida por el Señor en el martirio, con pocos años de diferencia. Pedro, se calcula, en el año 64 y Pablo en el año 67, después de Cristo.

Es importante saber que quien dirige y guía la Iglesia es el Espíritu Santo y sobre todo que, para poder vivir en la Iglesia, es necesario tener el conocimiento de la fe, porque los ojos humanos miran parcialmente o en pequeño, y los ojos de la fe miran profundamente, miran más allá y buscan la trascendencia y la presencia de Dios a través de su Palabra, de los Sacramentos, de su presencia a en nuestros hermanos y en cada acontecimiento.

Por eso aquello de «no te lo reveló ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo», como dijo Jesús a Cefas, al que después lo llamó Pedro, cambiándole el nombre y dándole una misión.

Nosotros también tenemos que hacer un examen de conciencia. Amamos al Papa porque es Pedro, porque Dios lo eligió y lo puso al frente de todo el rebaño. Pedro hoy es Francisco, ayer fue Benedicto, antes de ayer Juan Pablo II, anteriormente Juan Pablo I, Pablo VI, Juan XXIII y así sucesivamente. 

En la Iglesia los hombres sirven en una época y en un tiempo determinado pero el hilo conductor -de este proceso y de esta marcha- es el Espíritu Santo que guía, une, conduce, lleva y nos hace reconocer. Por eso sabemos que, en la Iglesia,  el Espíritu Santo estará presente hasta la consumación de los tiempos, hasta el final.

Amamos a Francisco porque es Pedro. Porque es Pedro ha sido elegido Bergoglio, que hoy lleva el nombre de Francisco. Esta alegría y esta distinción que Dios ha concedido a la Iglesia en Argentina, que un argentino presida la Iglesia Católica como Sumo Pontífice, es un honor pero también es una responsabilidad que debe hacernos a cada uno de nosotros más responsables.

No nos quedemos en el primer impacto, sigamos adelante y preguntémonos -si Él está respondiendo así- ¿yo cómo debo responder?, ¿qué se me pide?, ¿qué debo hacer?, ¿cómo debo entregarme para amar más  a Cristo y a la Iglesia? Esta pregunta espera su respuesta: ¿qué debo hacer para seguirte, Señor?.

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