Reflexiones de Monseñor Rubén Frassia

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: «Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: ‘Déjale el sitio’, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: ‘Amigo, acércate más’, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado». Después dijo al que lo había invitado: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!».

Ser humildes en la verdad
En este Evangelio, el Señor no nos está dando una regla de buena conducta, para quedar bien y no quedar mal; nos está hablando de cosas profundas. La profundidad de este Evangelio nos lleva a la humildad, aquella que significa alejarse de la soberbia, del envanecerse, del engrupirse, del creerse más, del ser superior a otros, de «mandarse la parte».

Cada uno tiene que ser humilde, ya que la humildad está unida a la verdad. Cuando uno es humilde y verdadero sabe que todos nosotros, en este mundo y en la Iglesia en especial, tenemos un lugar importante. Y cada uno es importante porque vive, porque existe, porque es, independientemente de los roles, de las funciones, de las representatividades. Es así que cada uno tiene un rol y una representación y eso no lo niega nadie.

Pero todos somos iguales ante Dios y ante los hombres. Otra cosa es lo que uno representa, ya que eso exige una responsabilidad mayor. Por ejemplo, yo soy igual que todos, pero como Obispo tengo una responsabilidad mayor que los demás; y mi calidad de pastor tiene que ser más exquisita, más firme, más clara, porque estoy al servicio de una responsabilidad y un don, que Dios me ha regalado, mayor.

La humildad es importante para que todos podamos vivir en serio y salir de ese «mandarse la parte», de ese engreírse, salir de esa ansiedad de poseer a los demás, de dominarlos, de competir en contra de los demás. Esas cosas que, de alguna manera, nos superficializan y nos hacen perder humanidad. Hoy el Señor nos invita a ser humildes en la verdad

Otro tema importante es la gratuidad. Uno tiene que hacer las cosas por la gratuidad no por el mero interés: «yo hago esto porque voy a obtener otra cosa», «me hago el bueno así los demás me reconocen y me premian» ¡No! Yo no me hago el bueno, ¡tengo que ser bueno!, ¡tengo que vivir en la gratuidad!

Esto es fundamental para todos, porque si no a veces algunos hacen hincapié en ocuparse solamente «de la foto»; cuando está «la foto» uno es buenito; cuando ya no está el fotógrafo uno es distinto y allí ya no hay humildad, ni verdad, ni sinceridad.

Pidamos al Señor que nos ayude a reconocer que necesitamos de Dios y de nuestros hermanos; porque tenemos que vivir en humildad y en verdad.