Reflexiones de Monseñor Frassia

El Obispo de la Diócesis de Avellaneda – Lanús, en sus reflexiones radiales semanales, se refirió al Evangelio según San Juan 2,1 (ciclo C): «El milagro de la fe»

Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”. Jesús le respondió: “Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía”. Pero su madre dijo a los sirvientes: “Hagan todo lo que él les diga”. Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: “Llenen de agua estas tinajas”. Y las llenaron hasta el borde.

“Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete”. Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: “Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento”. Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.

El milagro de la fe
Estamos ante el milagro de transformar el agua en vino. El milagro es un signo del Reino de Dios, que Dios lo ofrece y que es importante para descubrir su presencia y su persona; pero que también nos lleva a firmar que, a modo de ejemplo, el Señor da la vista a los ciegos pero no se la da a todos; el Señor resucita a Lázaro, a la hija de Jairo y a la hija de Naim, pero no resucita a todos; el Señor cura a los leprosos pero no cura a todos. El milagro es un signo.

Yo puedo estar enfermo con un mal incurable y tengo que rezarle a Dios para que me cure y viendo al médico, por supuesto. Si Dios me cura puede ser realmente un milagro, pero si no soy curado y muero, igual sigo teniendo fe porque el milagro no se puede exigir. Uno lo pide pero no lo exige, Dios lo concede en su misericordia infinita. Por lo tanto, el pedido y recibir la respuesta tienen que ser en un clima de humildad, no de resentimiento.

Cuando Jesús le responde a la Virgen “¿qué tenemos que ver nosotros?” no le provoca ninguna desorientación a María. Ella como está sostenida por la humildad dice “¡hagan lo que Él les diga!” y esa es la actitud que tenemos que tener. Tú me lo das, Tú me lo quitas, siempre te lo pido con fuerzas, pero que sea siempre tu voluntad y no la mía; como hizo Jesús en el Huerto de los Olivos. Allí tenemos una enseñanza para nuestras enfermedades y nuestros límites: le pedimos pero que sea su voluntad, si no es su voluntad igual aceptamos porque tenemos fe, porque queremos vivir en la confianza y en la humildad.

Sólo la fe permite ver a Dios que está presente. Por la fe sabemos que todos tenemos dones y carismas, pero que siempre estamos unidos en el Señor y que nunca podemos abusar de los privilegios personales.

Pidamos al Señor vivir el milagro de la fe cotidianamente, de un modo ordinario, y mirar la realidad con un espíritu sobrenatural; que no inventa, que no miente, sino que la fe ayuda a descubrir más su presencia en la verdad y en la objetividad. La fe no inventa. La fe asume y consiente lo que Dios, en su bondad, nos concede. Que en este Año de la Fe, aumentemos nuestra fe y podamos vivirla en plenitud.

Les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

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