Todos los sectores de la sociedad se hicieron presentes: los intendentes de Avellaneda, Jorge Ferraresi, junto a su esposa Magdalena; y de Lanús, Julián Álvarez, funcionarios, trabajadores, sindicalistas, profesionales de la salud, de la justicia, estudiantes, representantes de asociaciones civiles, vecinos y vecinas de nuestras comunidades. Un pueblo entero, en unidad y en oración.
En su homilía, el Obispo evocó el Evangelio de Mateo (28,8-15), y lo conectó con la figura del Papa Francisco, quien también fue víctima de operaciones, de calumnias, de campañas que buscaron silenciar su voz profética. Como en tiempos de Jesús, donde se pagó para ocultar la Resurrección, también hoy se busca ocultar la verdad con mentiras disfrazadas de noticias. Pero Francisco, como Jesús, no se dejó comprar ni callar: vivió con alegría, predicó con humildad, y caminó con valentía evangélica —parresía, como le gustaba decir— al lado de los pobres y de los excluidos.
“Me imagino a Francisco abriendo su corazón delante de Dios —dijo el Obispo Maxi— y de ese corazón brotan nombres: el de sus alumnos, el de Esther Ballestrino de Careaga, sus hermanos de la Compañía, y sobre todo los rostros de los pobres, de las Villas, de las calles, de San Pedro. Los nombres de las víctimas de abuso que jamás se cansó de escuchar. También los de quienes no supo amar. Todos esos nombres que vivían hondamente en su corazón y que hoy Dios recibe con amor.”
Hoy no despedimos solo a un Papa. Hoy celebramos a un testigo del Evangelio. Un servidor del Reino. Un padre que supo hacerse hermano.
Gracias, Francisco. Nos diste el ejemplo. Nosotros seguiremos caminando.
