Los vascos están entre nosotros

Escribe Antonio J. González.

A fines del siglo XIX y principios del XX, muchos inmigrantes provenientes de Vasconia llegaron a la Argentina. Los vascos habían desempeñado importantes roles en la conquista y desarrollo del país desde la época de la colonia. Como otros inmigrantes se asentaron en esta orilla del Riachuelo, entonces con amplios espacios despoblados y una oferta de trabajo y producción en crecimiento. Barracas al Sud comenzó a colorearse con esta comunidad española-francesa. La zona cercana al viejo puente Barracas fue uno de los centros de radicación.

“La calle Mitre y Pavón se iba poblando de negocios –cuenta Amaro Giura- los vascos los habían copado en su casi totalidad con la diversidad de comercios, donde no faltaban platerías, talabarterías y vascos alpargateros, donde el paisano adquiría sus prendas de lujo… Los comercios que más abundaban y los más respetados eran las fondas de los vascos; eran como son hoy los clubes de barrio y las sociedades de fomento, donde se reunían los más respetables vecinos de cada barriada. Allí se trataban negocios, se realizaban bautizos, casamientos, funerales; llegaban familiares y amigos de muchas leguas a la redonda y se efectuaban fiestas y comilonas que duraban varios días”.

“Dicen que Sarmiento, cuando era Presidente –continúa Giura-, sabía venir a la fonda de Barracas a comer morcillas. Los fonderos eran familias respetables; el vasco al mostrador, la vasca a la cocina y las vasquitas con sus trenzas caídas sobre los hombros, adornadas con cintitas de colores, revoloteaban como gaviotas con sus delantalcitos blancos entre las mesas; nadie hubiera intentado una osadía.

Los vascos lecheros se reunían por centenares, porque no sólo atendían el reparto de Barracas, sino el de todos los pueblos vecinos. Asimilaban las costumbres y las vestimentas de nuestros paisanos y se mezclaban en sus diversiones… Por otra parte no había querellas entre el paisanaje, que los quería y los respetaba; concurrían a sus fiestas, cinchadas, carreras cuadreras, donde llegaban bien montados y aceptaban las paradas, «bajándole los cueros al primer envite», sin respetar pelo ni marca, y hasta en las domadas tenían su crédito en el vasquito Boltagaray, el mejor domador de muchas leguas a la redonda”.

Los vascos de mejor posición económica, “los platudos”, se reunían en el café de Mintiguiaga, junto a los compradores de hacienda, capataces, “que llegaban –dice Giura- montados en pingos cubiertos con “chapeos de purita plata y oro”… lucían gruesas cadenas de donde pendían medallones cuajados de piedras, en las manos anillos con brillantes…” y otras descripciones más de estos personajes.

Hoy, alrededor del 10% de la población argentina es descendiente de vascos.

Apellidos ilustres tuvieron ese origen, buenos y de los otros, algunos asentados en nuestra ciudad. Desde Urquiza hasta Yrigoyen. Si repasamos los apellidos de funcionarios, comerciantes, industriales, profesionales y hacedores de las miles de sociedades o sectores en el país, veremos apellidos de ese origen: Alzogaray, Anchorena, Aramburu, Ezeiza, Echabarria, Echagaray, Echarri, Eyherabide, Garay, Goycochea, Güemes, Guevara, Iturralde, Laferrere, Larrain, Madariaga, Necochea, Olabarria, Olarticoechea, Oyarzabal, Palacio, Uriburu, Zabaleta, Zorreguieta, Zuloaga y muchos otros. Uno de los más notorios, fue Graciano Mendilaharzu, el destacado pintor nacido en Barracas al Sud, en una familia vasco-francesa.

Están entre nosotros, y algunos no conocen este origen de los ancestros. Pero en la sangre hay códigos, señales, hábitos que perduran… como las alpargatas y las boinas vascas.

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