“Las cañitas” pero en Sarandí

Escribe Antonio J. González

¿Quién no conoce “las cañas”, esa especie vegetal que abunda –desde las primeras poblaciones en nuestra región- a la orilla de arroyos, ríos o lagunas? Muchos de nosotros hemos tenido a mano esos tallos cilíndricos, con nudos macizos y entrenudos huecos, de color amarillento cuando se estaciona cortado, y que nos eran muy útiles para el armado de barriletes, arcos y flechas, mesas y sillas, instrumentos musicales de viento, embarcaciones… y un sinnúmero de usos cotidianos. Si eso no alcanzara como utilidad social, también se lo utiliza en medicina casera.

Crece, sin reglas o exigencias ambientales especiales, en las tierras aledañas a los arroyos. En Sarandí –todavía hoy- puede verse a la vera del arroyo que corre a cielo abierto hacia el Río de la Plata, o en cualquier otra zona alejada de esas corrientes de agua, donde la humedad no escasea. Esos cañaverales eran frecuentados por los grupos juveniles que en las décadas del ‘30 al ‘60 iban hacia la Costa y se proveían de ese material al alcance de la mano.

Su presencia era característica en varios de los barrios o poblados que iban surgiendo en esas zonas vecinas al arroyo Sarandí. Eran, a veces, dominantes del paisaje y hasta le daban carácter al nombre de algunos lugares.

Por ejemplo, el “Caminito de las cañas” como se conocía al trayecto que los pobladores de Villa Nuñez (o La Blanqueada) debían hacer obligadamente para acceder a la Estación Sarandí del ferrocarril o la Avenida Mitre, tanto para ir a la escuela, al trabajo o a las otras actividades diarias de los vecinos. En esos años, primeras décadas del siglo Veinte, para ese barrio no había otra vía de comunicación que ésa y desembocaba en el pequeño puente existente: el Ibáñez, para bordear las vías ferroviarias y acceder a medios de transporte, comercios y escuelas.

Las “cañitas” pasaron a ser el nombre del lugar en la jerga de los propios vecinos, como homenaje a esa presencia vegetal que bordeaba su hábitat con su sólido entramado de “cañas”, sus plumerillos y sus caprichosos enrejados. Esos lugares eran refugio de pájaros que encontraban resguardo por las amenazas exteriores.
Claro que ya no son los tiempos de los primeros pobladores de esa zona, los Mintiguiaga, los Nuñez o los Ibáñez. Ni tampoco existe la escasa población de aquellos tiempos. Hoy son otras las exigencias barriales y urbanas. Otras las imágenes que dan marco a la vida suburbana.

Pasaron narradores como Joaquín Gómes Bas que supieron caminar sus callejuelas, sus baldíos y admirar sus cañaverales…

Pero allí están todavía. Su presencia se sacude en cada tormenta y silba como una flauta al paso del viento. Al alcance de nuestras manos están sus delgadas columnas vegetales y nos tientan para llevarnos un par para nuestra casa. Todavía son útiles para el armado de los barriletes porque siempre hay vientos que ayudan, aunque nuestros nietos no conozcan –aún- estas historias nostálgicas.

ajgpaloma@gmail.com

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