Empieza el llanto
de la guitarra.
Es inútil callarla.
Es imposible callarla.
Federico García Lorca
La guitarra. Seis cuerdas de percusión, caja acústica de madera de fondo plano, que llegó en los barcos de los conquistadores para identificarse con el hombre de esta tierra. ¿En qué galaxia despertarán sus sonidos Rosendo Pesoa, Roberto Grela y Rafael Iriarte? La guitarra. En su boca, acariciada por los dedos ágiles de Abel Fleury, ¿cuántos secretos reveló, cuántos acordes pudo arrancarle a la sinrazón de la nostalgia? Con estos signos clavados en la memoria, entramos al Teatro «Roma» de Avellaneda, el sábado 2 de noviembre. Allí nos recibieron, como invitándonos a ingresar al patio de su casa, la sencillez característica de Leonor Méndez que nos trajo, además, la información precisa, y la reconocida solvencia profesional de Alberto Albornoz. Todo estaba listo, conductores con sus prolijos textos y la nutrida cantidad de público aportando un silencio cuasi-religioso que cruzaba la sala del antiguo y hermoso templo de la calle Sarmiento.
Rompió el fuego el dúo compuesto por Marcos González y Juan Pablo Greco, con sus valses, la acertada inclusión del tango «Danzarín» de Julián Plaza, la milonga-candombe «Abuelita Dominga» del poeta Héctor Pedro Blomberg y de Enrique Maciel, tema que fuera éxito en la voz del legendario Ignacio Corsini, y que integrara la serie que la dupla autoral dedicó al tiempo en que Buenos Aires se vistiera de rojo punzó. Esta simbiosis de guitarra y guitarra, alimentó el fervor de los asistentes. Luego, un feliz descubrimiento, porque ocupó el escenario un joven de sólo 21 años, sanjuanino, Lucas De Simone, quien deslumbró con su postura de concertista clásico, y nos entregó instantes de honda sensibilidad compartida. Por supuesto, supimos también, que ya realiza giras nacionales e internacionales con el Ensamble de Guitarras «San Juan de la Frontera». Un hallazgo. Posteriormente, fue el turno de Mateo Crespi, quien comenzó sus estudios de guitarra con sólo 5 años, hasta ser hoy un reconocido luthier. Este magnífico ejecutante nos trajo, entre otras composiciones, «Adiós, Nonino» de Ástor Piazzolla, hasta introducirnos a «Rubias de New York», tema favorito de Carlos Gardel. Crespi es dueño de una relevante digitación y potente sonido, que asombró con cada una de sus interpretaciones. Por último, como cierre a una noche inolvidable, la presencia de Carlos Martínez. Qué decir de este verdadero maestro. De entrada, ya nos cautivó con una inesperada pero profunda creación: «La Marcha de San Lorenzo», sobre un arreglo del músico paraguayo Agustín Pío Barrios. Después, Martínez, recorrió el paisaje artístico con obras rutilantes rescatadas por su talento, y finalizó con «La cuartelera» de Eduardo Falú. En Carlos Martínez, a criterio de este cronista, se articulan guitarra y hombre por el milagro de la música. Avanzada la noche sin darnos cuenta, nos fuimos caminando hacia la Plaza Alsina, con la satisfacción de haber gozado de una velada extraordinaria.
Horacio Ramos
riachueloalsur@yahoo.com.ar
