Homilia de Mons. Frassia por su 25 aniversario episcopal

El pasado martes 4 de abril, en la Iglesia Catedral, Mons. Rubén Oscar Frassia, Obispo de la Diócesis de Avellaneda Lanús, celebró sus 25 años de Ministerio Episcopal.

Texto de su homilía
Queridos hermanos:

En primer lugar agradezco la presencia de dos Obispos. El primero –que bendijo el cáliz con el que ustedes, queridos sacerdotes, me han sorprendido y emocionado por el significado del cáliz y que agradezco públicamente por el gesto y la delicadeza– es Monseñor Fernando Maletti, compañeros desde el año 1965, en el Seminario de Villa Devoto. Él había estado antes, allí nos encontramos y, como bien dijo, nos ordenamos los dos en la misma fecha, el mismo día; curiosa y misteriosamente hemos ido recorriendo un camino similar. Ahora él es actual Obispo de Merlo-Moreno, en la Región Buenos Aires. El otro Obispo es Monseñor Juan Carlos Ares, Obispo Auxiliar de Buenos Aires, de la Vicaría Devoto. A ellos les agradezco la gentileza de estar presentes y de cada uno de ustedes, porque me conmueve y nos reafirma como familia que vive la comunión con el Señor, que nos hace vivir unidos entre nosotros.

 

Es muy difícil poder sintetizar 25 años de obispo, pero uno puede hacer algunas referencias concretas, y eso no quiere decir que uno habla de uno para “mandarse la parte” o porque de alguna manera lo quiere personalizar; sinceramente, y gracias a Dios, estoy lejos de eso. Pero la historia se tiene que relatar, participar, mostrar, y es así.

 

Primero mi familia, que siempre me fue acompañando a lo largo de toda mi vida. Hoy está presente el único hermano que me queda, los demás ya están en la Casa del Padre. Él es mayor que yo… aunque diga que es menor que yo.

 

Nací en Buenos Aires, mi parroquia es Nuestra Señora de Balvanera, aunque ahora la modernidad habla de San Expedito. Mons. Ares fue párroco allí y sabe bien de lo que estoy hablando. Esa parroquia me tocó, me emocionó. Allí el párroco, Monseñor Carreras –que es la historia en uno– cantaba con tanta fuerza y tanto amor que –cuando estábamos entrando en la Iglesia para la Primera Comunión– lo escucho y digo “¡yo quiero ser sacerdote!”, tenía yo diez años. Así fue la historia de mi vida donde Dios me fue llevando.

 

Tengo muchas cosas que contar, pero lo sintetizo en esto: “Todo es gracia”, “y cantaré eternamente las misericordias de Dios”; por el gran amor que Dios siempre me tuvo, me protegió y me cuidó; y que incluso me ayudó a compartir dolores y sufrimientos como persona, como cristiano, como sacerdote y como Obispo. Cuando uno ama, sufre. Pero es hermoso poder amar aunque a veces vengan los sufrimientos.

 

Y al sacerdote Dios lo va llevando. Primero San Cayetano, con mis primeros años sacerdotales con un párroco extraordinario, el del apellido difícil, Angel Sallaberremborde; humilde, servicial, entregado y nosotros éramos un equipo sacerdotal con él que aprendíamos, que rezábamos juntos y que trabajábamos increíblemente.

 

Después el Seminario; luego el Cardenal Aramburu me manda a Roma, a los dos años vuelvo a Buenos Aires, me mandan a San Cayetano. Yo no lo podía creer. Cuando me lo dice el Vicario Mons. Eduardo Mirás le digo “-¿está seguro que es San Cayetano, de Liniers?”, “-¡sí Frassia!”, “-¿lo manda el Cardenal?”, “-¡Si Frassia, si!” Me parecía imposible que yo fuera párroco de San Cayetano. Y el corazón te va agarrando. Siempre amé a San Cayetano, esa realidad, pero nunca la ideologicé ni la llevé a todos lados para copiar y repetir las cosas que se dan allí misteriosamente. San Cayetano es un lugar especial; lugar de encuentro con Dios y con la gente.

 

Luego me hicieron Obispo, en el 92; estuve un año de Auxiliar de Buenos Aires cuando me llamó el Nuncio diciéndome: “-el Santo Padre dice que le ofrece la diócesis de San Carlos de Bariloche”; yo le pregunto “-¿el Cardenal Quarracino lo sabe?”, “-¡sí!”, “-¿y qué dice él?”, “-que lo siente pero que está bien”. Y allí estuve. Después me hicieron cambiar el Nahuel Huapi por el Riachuelo…y me mandaron acá.

 

En cada lugar Dios fue tejiendo la historia de la salvación, eso es lo extraordinario, es así; desde chiquito, con mi padre, con mis hermanos, con los camiones, veníamos a las barracas de Avellaneda a trabajar. Las barracas, cuyos nombres tengo en el corazón y me acuerdo muy bien de algunas de ellas. ¡Y Dios me manda acá! Un día fui a recorrer las barracas para recordar a mi padre, a mis hermanos, los camiones y el lugar…-no se enojen los demás- ¡cuando me topé con Racing…! Con mi papá íbamos a la cancha, él miraba el partido y yo juntaba tapitas de Coca Cola… ¡Cómo no pararme allí, con la historia!

 

La historia de Dios es extraordinaria; nos fue llevando a cada uno para que lo alcancemos, pero lo más importante es que Dios no falla nunca. Si uno hace lo que Él pide, Dios da el don de la perseverancia; si uno obedece, uno es feliz; si uno escucha bien y responde bien, está ejerciendo su paternidad sacerdotal, su paternidad espiritual, su vida de entrega; no se siente excesivamente la soledad –la soledad se siente cuando hay indiferencia—Cuando hay entrega y cuando uno es para amar más, las dificultades, las tensiones, las tentaciones, los sufrimientos se superan porque hay amor de Dios.

 

Por eso digo: todo es gracia. Y soy testigo de ello, ¡es extraordinario! Hoy le digo al Señor ¡gracias, por todo lo que me da! También porque me llevó a la plenitud del sacerdocio, confiándome para que cuidara a la Iglesia, con defectos, con omisiones, con lo difícil que es gobernar, con lo difícil que es decirle a los demás NO. Porque la sociedad en que vivimos todo tiene que decirse SI. Si uno dice que SI es bueno y si dice que NO es malo. Lo importante es redescubrir la objetividad de la verdad y la verdad de la objetividad, pero nos cuesta a todos.

 

Agradezco la presencia de los sacerdotes, los diáconos, las religiosas, los religiosos, los seminaristas, de ustedes querido pueblo fiel, de mi familia, porque la Iglesia -que está habitada por el Espíritu Santo- tiene una misión que cumplir. ¡Lo que hoy le falta al mundo es pasión por Cristo, por la Iglesia y por los hermanos!, ¡que seamos capaces, desde la Iglesia, de una nueva cultura!, ¡no disociada, no líquida, no fracturada, no rota, no quebrada, sino una sociedad y una cultura capaz de seguir amando y creando!

 

Que la Virgen nos acompañe a todos; Ella, que es nuestra Madre, nos enseñe y nos ayude a creer, a confiar, a responder y a dar la vida hasta el final.

 

Que así sea.-

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